sábado, 7 de septiembre de 2013

Instantánea (2)




Se despertó con la luz en el rostro, un leve haz se coló por la pequeña porción descubierta de la ventana. Todavía parecía sentir el destello del flash en los ojos, la proximidad.
 Ese día se movió ligera, un poco de aquel leve, levísimo, viento le impregnó, y sonreía.
 Habló con su amigo del violín y le contó su sueño. Días más tarde se encontraron y, aunque un poco avergonzada por ello, se desilusionó de sus compañeros de orquesta: ningún sweater raído, ni ojos profundos.
 El día le llovió sin piedad y ya no flotaba más, el aire cargado de agua le hacía pesada la espera. El té humeante era como una promesa, pero no la entendió, la llamada de su amigo la distrajo: otra vez se encontrarán. Y, no sin nostalgia, sale de nuevo al aire frío y a la oscuridad.
Calles mojadas, focos de autos, camina apresuradamente y se topa de frente, en la fila de algún autobús, con unos ojos que se posan en los suyos. Mirada desconcertada, manos en los bolsillos, pantalones oscuros, cabello largo, zapatos negros. Ella se esconde un poco en la capucha sin detenerse, algo como una inquietud dentro del pecho.
Llega a su parada y justo detrás llega él (chaqueta de cuero, pendiente espiral en su lóbulo derecho, movimientos ligeros). Un bus ronca al detenerse frente a ellos.
La fila avanza, sólo ellos no. Él se mueve un poco. Algo, cualquier frase, buscando una forma de salir. El bus se aleja, y la parada queda desierta. Ella, palpitaciones, no sabe bien que hacer. Avanza y se sienta, algo le pesa y sigue sin saber realmente qué es.
 Al hacerlo, vuelve su mirada hacia él, él agacha la cabeza y suspira, el momento se fue. Da media vuelta  y camina nuevamente sus pasos. Ella quiere gritarle que espere, que "Hola",y que "esta soy yo, veámonos mañana o por lo menos quedáte conmigo hoy", pero, ya no hay nada que hacer...
 La ciegan por un momento las luces de un autobús que dobla la rotonda; desde las ventanillas salpicadas, alguna de las siluetas vuelve su rostro hacia la cabina solitaria y apenas iluminada. Y ella no lo nota... Pero sonríe nostálgica al pensar en la fabulosa maraña (siempre desapercibida e indecifrada) que se ha formado con los grumos de té al fondo de cada una de sus tazas. 

                                                                                                       

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