A su cadencia pesada y sublime,
A su dolor de distancia y ardides.
Le ruego a los Dioses de la Memoria
Que te asalten de repente, en el misterio de algún abrazo
Y que me devuelvan por siempre a tí,
Para mirarte de frente y que veas mi llanto.
En cada suspiro invoco a los soles muertos de ese pasado,
Para que arrojen sombra sobre tus manos,
Para que las cubran de arena oscura,
La misma en que, juntos, soñamos.
Te maldigo con nebulosas,
Con besos intensos de flores carnívoras,
Con sueños de cabelleras sueltas y libres,
Con los destellos eternos de toda esta vida que no quisiste.
