Seamos, seamos aquí y ahora.
Tócame y déjame tocarte,
ahora que hemos quedado huérfanos de mundo,
ahora que en la piel se nos evaporó el llanto.
(Explosión de vida en el pecho...)
Este cuerpo nuestro es toda la trascendencia a la que aspiro,
y por esas interminables elocuencias oscuras,
por tus velados retratos que me miran,
sé que apenas si podré rozarla...
Un pétalo por falange.
Un beso tímido por cada duda de mis manos.
Míos, los pies que pisan sobre el pasto y la tierra blanda.
Mío, el cuerpo que absorbe la iridiscencia de la Luna,
(por siempre, Madre Nuestra)
que no tiene piedad ni conoce complacencias.
En estos pocos días aprendí que caminar en lo oscuro es sobrevivir.
Es hacerse un escudo y dilatar pupilas para descubrir los senderos que sí llegan.
No hay tempestad que no encierre un arrullo.
No hay olvido que deje de ser caricia.
Y la duda me reconforta,
porque al cerrarse la lluvia,
se hace una con las lágrimas y lava las heridas.
Este es mi lugar, mi casa-corazón que por más embates no se quiebra.
Soy hija de la tierra y del rayo,
soy revuelo de ola y de tormenta.
Cada paso era una anécdota, compartir ese momento que parecía tan poco.
Y el viento empezó a soplar más fuerte, como una caricia urgida, suplicante.
Los aros giraban lentamente y las palabras...
No hay futuro posible o forma alguna de que funcione, pero esa mirada y el abrazo.
Algo de luz brillando sobre las estampillas desparramadas en la mesa.
Chocaron, muy pronto, dos lapsos de tiempo.
Caía una lluvia ligera, las gotas constantes resbalando por el vidrio y la vista perdida en los autos y los charcos y la gente con sombrillas.
Se apartó despacio de la ventana, jugando un poco con la caja de fósforos, mientras ojeaba la pila de revistas sobre la mesa al centro de la habitación. De pronto un flash, cerrar los ojos y toparse de frente con otro par que le miraba fija y tiernamente desde algún recuerdo. Y su cabello largo, apenas si se movía, apenas si tocaba la piel de los hombros desnudos.
Abrió los ojos lentamente y se dejó caer en el taburete frente al tocadiscos, casi ni se sentía el golpeteo de las gotas contra el techo. Sus manos buscaron lentamente el paquete de cigarrillos al fondo de las bolsas de su pantalón, mirar al techo y luego volver a caer lentamente en los hombros y la curvatura de una mejilla, sus manos moviendose mientras hablaba.
La chispa del fósforo al encenderse y una profunda aspiración de nicotina, sentir el humo y reclinarse a buscar entre los cd´s. "Aquí estás" piensa mientras lo saca de su funda.
Una nueva aspiración para reunir valor y volver a verla a los ojos en la memoria, coloca lentamente la aguja y se libera la melodía, cuerdas ascendentes y percusión.
Baja un poco la cabeza y alcanza el cigarrillo que sostiene suavemente entre los labios. Ya no hay ahora, las figuras desdibujadas y sus brazos se paralizan ante la cercanía de su cuerpo pasado.
Lentamente libera el humo y lo dispara al vació como un grito, como un beso inesperado, al volver el rostro hacia la leve claridad de la ventana.
Pasan las sombras, hay ojos que miran y sin embargo, no ven.
Luego en la multitud, el sobrecogimiento ante el encuentro. Aquí justo aquí, y justo ahora, a pesar de que sabía desde antes (algo en la energía...), no era posible estar preparado.
Prolongar el instante y la melancolía. Ya no hay forma de hablar, no de lo que importa: profundo subtexto enredado en tanta nimiedad.
Y qué otra cosa hacer?
De aquí al fin de la existencia, las preguntas colgadas en los silencios, en la interacción "por ser cortés", en sonreír para sí, y forzarse a que no vale la pena saber.