Él era como un tango,
se sentía como tango:
quebrado, irreverente.
Mi propia melodía equilibrista,
jamás mía por completo.
Balanceándose en puntillas.
Sorprendiéndome con la ternura de un:
"Le puedo dar un beso?"
Y arrollándome con la sed de nuestros cuerpos.
Abrazados, tan abrazados, y
Tan lejos.
Yo, anclada a sus muslos,
él, comiendo de mi pecho,
desafiando a la mañana
para partir sin despedirnos.
Risa fría y desconcierto.
Siempre, siempre, el desencuentro.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
"Son remolinos con tu nombre y mi locura..." (A. De A.)
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