Pasearse por una casa de madera,
grande y espaciosa. La única persona conocida era el chico del violín y ya el
ensayo había acabado, pero no importó. Se saludaron desde lejos y ella se unió
a los demás que se levantaban del piso discutiendo la pieza que acababa de
sonar.
Desde el fondo del salón su amigo le hizo una
seña para que se acercara. Antes de eso, un chico de cabello largo con un
sweater raído se unió a los músicos y charlaba con su amigo. Cuando le llamó,
el chico del sweater se volvió a mirarla y sonrió.
Caminó entre los demás hasta ellos, saludó a
su amigo con cariño, pues hacía tiempo que le extrañaba y quería verle. Luego,
le presentó al chico del cabello largo, pero por alguna razón su nombre se
disolvió en el aire al momento mismo de que su amigo lo pronunció. Él le volvió
a sonreír y se alejó para hablar con una pareja que acababa de acercarse a otro
de los músicos. Los demás espectadores abandonaban paulatinamente la habitación
y se movilizaban a otros rincones de la casa.
Su amigo le dijo que esperara un
momento junto a ellos y luego el grupo de músicos y otros pocos chicos se
compactó. Empezó a charlar con la chica que, momentos antes, se acercó junto
al que parecía ser su novio, a hablar con otro de los músicos. Le dijo que
irían a una habitación secreta, una especie de espacio privado del sólo ellos
sabían y podían disfrutar. No se sorprendió mucho al escucharla, pero se
emocionó un poco ante el misterio.
El chico del sweater raído se
acercó a una de las paredes del fondo y empujó un poco las tablas de madera. Su
amigo la miró, le sonrió y se le acercó mientras le decía alegremente “vamos”.
Se introdujeron en la pared y fueron a dar a un pasadizo interno bastante
espacioso e iluminado; se movían entre vigas de madera y polvo, hasta que
llegaron a una puerta estrecha. Ésta les condujo a una habitación cálida y
amplia, lámparas de colores y alfombras decoraban el lugar y el aire tenía el
aroma remanente del incienso una vez apagado.
Había almohadones y pronto los demás fueron
ocupando los lugares que más les gustaban. Se sentó junto a la chica y su
novio, ya que su amigo se levantó un momento a saludar a otros chicos que
entraron al final. Todos charlaban y algo así como una inquietud se le empezó a
enredar en el pecho, pero no estaba muy segura. De todas formas, no se sentía
para nada mal.
Después de un rato de caminar
entre la gente y charlar con algunos de los chicos, el muchacho de cabello
largo se le acercó, sosteniendo una vieja Polaroid en sus manos. Desde que llegó
le llamaron la atención sus formas simples, su piel algo morena y sus ojos
oscuros y profundos, y su manera de moverse entre el grupo.
Ella lo miró desde el almohadón en el que
estaba sentada, mientras él se acuclillaba a su lado, mirándola también. Sin
decirle nada, levantó su cámara y la dirigió a su cara: un pequeño soplo de
viento, tenue, muy tenue, como una exhalación, le llegó desde su proximidad. Y
fue entonces cuando lo supo… No sonrió, sólo vio de frente al lente, como
tratando de ver más allá, hacia la profundidad oscura que le apuntaba, y se
disolvió para siempre en aquel flash. A.
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