| By Ralph Steadman |
Recoger las cartas, un último trago y dejar que gire el cilindro.
Que gire y sentir el peso, que gire y girar con él, hasta que el cuarto quede de cabeza
y una nube de color se fije en la cavidad ocular.
Inhalar profundamente y un poco más.
Hay una maravilla secreta en el dolor, y en alienar para contener y alienar otra vez.
Un golpe, tinta, sabor a sangre y desesperación.
Adiós...
No, hoy no.
Los engañé y a vomitar toda la angustia en el lavabo
o remojar en la piscina la comezón de algún delirio latente,
de la ridculez del mundo tal como es.
El cilindro siguió girando más lentamente, todos lo pudieron ver.
Nuevo frenesí y decandencia:
gritar, correr, destrozar, coger.
Una sonrisa desgarrada,
y se detuvo.
Impacto de plomo, levanta el puño,
climax retrasado,
(por fin!) revés.
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