Siempre, siempre volvía. Era una voz en el teléfono que caía como una avalancha.
Siempre después del silencio: la desesperación, la necesidad de sentirse algo más, de hacer desaparecer los abismos que llevaba dentro. Y ella estaba ahí cada vez para absorber el cataclismo y arrullarlo, y luego volverlo a perder... Para escuchar una y otra vez lo hermoso que era verla de nuevo y hablar y estar con ella, pero "eso fue todo, gracias, y bueno, no quiero nada con nadie por ahora".
Después de tanto tiempo de intentarlo, de vivir sólo para él, ésto es lo que le significaba: una subida momentánea para el ego, un paliativo para las recaídas.
Y a lo mejor, lo que tenía que hacer era aceptarlo de una buena vez, y desplomarse por un momento, porque al final, ¿quién para escucharla a ella? ¿quién para tomar su mano en las noches más largas y llenas de lágrimas? Nunca nadie para ver más allá.
Ya no había vuelta atrás, toda esa tristeza y el rencor (porque sí, al final no hay más que odio, odio a él, pero sobretodo un deseo intenso de autodestrucción, por permitirle cada una de las veces volver y tomar lo que quisiera y luego largarse) desbordándose por cada fibra.
No obstante, algo pasó, las palabras se destiñeron, y pesaba, pero la herida ya estaba hecha, el mango de la daga tantas veces girado que no era posible llegar más hondo. Y entonces comprendió... Lentamente se sacudió las lágrimas, todas ellas, y ya no luchó.
Dejó que hablara, y escuchó. Y algo en la voz del teléfono se sobrecogió, porque ya no era la misma, no, esta vez no....
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