- Creo que me está gustando la oficina- dice, y lo confirma, el peso de cierto deseo corporativo, intelectual, del "Buenas, señor Licenciado, pase por acá". Es un ansia que jala como una marejada que se ha venido formando desde mucho antes que naciera. Es esa levedad de los ojos claros, ese romanticismo de la luminosidad.
Nunca voy a estar segura de esto a lo que me metí y de lo que no puedo escapar porque el tiempo no se detiene, y ciertamente no lo hizo, ni lo hará. Mucha oscuridad, uno se puede acostumbrar a las nubes negras, a los ojos apagados, a la cautela.
Él dice no ser convencional y en cierto modo no lo es, pero sus urgencias lo delatan: la forma de arrojarse al camino, al amor, a la vida, son contundentes. Y se nota que le cuesta y que trata, trata con todo, ser algo más de lo que es (como si fuera tan especial ese desdén que se le viene encima con las crisis, el cuestionarse sin piedad).
Y sin embargo, no deja de sorprenderme con sus arrebatos de espontaneidad, contados, pero ciertamente geniales, con los odios bien plantados o por lo menos ese único gran odio y ese gran miedo, que es de lo poco en lo que puedo verme en él.
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